Publicado en "Madera Verde", ediciones Patria Grande
Vivía nuestra ranita en una ciudad grande. Pero de la ciudad sólo conocía el arrabal donde había nacido; era justamente la parte baja que las lluvias anegaban periódicamente. Por allí las máquinas de la municipalidad casi no venían. Las cunetas estaban siempre llenas de agua; las baldosas de las veredas, al estar sueltas, solían jugar malas pasadas a los que caminaban por ellas; y los zócalos de las casas se descascaraban un poco por todos lados a causa de la humedad.
No es que no amara a su barrio. Pero aquellos detalles amargaban a la ranita, que prestaba demasiada atención al ambiente que la rodeaba. Tenía algo de soñadora. Y lo sórdido de las cunetas, zócalos y veredas, terminó por resultarle insoportable. Su descontento tenía algo contagioso, y creaba clima a su alrededor. Porque hay que reconocer que su alma de poeta tenía una rara cualidad de comunicarse y transmitir sus sentimientos.
Muchas veces había escuchado comentar la hermosura de las grandes ciudades, con calles prolijas, plazas cuidadas y avenidas arboladas. Estas descripciones no hacían más que aumentar su disgusto por todo lo desagradable que veía continuamente a su alrededor. Y como le suele pasar a los soñadores, comenzó a polarizar sus sentimientos. Todo lo desagradable, molesto y prosaico decidió que se había dado cita en su ciudad natal. Mientras que todo lo lindo, lo armonioso y elegante, debía encontrarse en la ciudad ideal que comenzó a imaginarse como existente en algún lugar.
El trabajo fue muy arduo. Porque nuestro animalito no tenía experiencia de salto en alto. Sólo conocía el salto en largo. Pero estaba de Dios que lo lograría, porque Dios ayuda la que se esfuerza. Y la ranita alentaba su esfuerzo con el enorme deseo que tenía de ver la ciudad de sus sueños. Y que tenía de ver la ciudad de sus sueños. Y finalmente llegó a la cumbre del terraplén.
Pero no vio nada. El riel de hierro
de una cuarta de altura le cortaba todo el campo visual de izquierda a
derecha en kilómetros de distancia. Por más que ensayó nuevos saltos, nada
logró ver. Pero no se dio por vencida. Se dio cuenta de que su posición
horizontal dejaba sus ojos por debajo del nivel de las vías. Otra cosa sería
si optara por la postura vertical. Y con un enorme esfuerzo, finalmente se paró
sobre sus patitas y con las manos apoyadas sobre el hierro extendió su vista en
lontanza.
Lo que vio la dejó admirada. Realmente no lo huera esperado. Una hermosísima
ciudad se presentó ante sus ojos. Más allá
de los barrios bajos se abrían hermosas avenidas, casas de varios pisos,
calles rectas y limpias. Las plazas eran una belleza, y el río brillaba más
allá enmarcando la ciudad. Embelesada, la ranita se dijo a sí misma:
-Verdaderamente, ésta sí que es una ciudad. La mía no tiene comparación con ésta que estoy viendo. Desde hoy me voy a vivir a la ciudad de las calles rectas y de plazas arboladas.
Pero en realidad la ranita al ponerse en vertical, no había visto lo que estaba delante suyo, sino lo que había dejado a sus espaldas. Porque las ranas no tienen sus ojos delante de su cara, sino encima de su cabecita. Y al ponerse en vertical, lo que había descubierto era su propia ciudad, la que había dejado tras suyo al subir el terraplén. Sólo que esta vez, había tenido la oportunidad de verla desde la altura y en plenitud.
Pero era su misma ciudad natal, de la que ahora lograba ver detalles que no conocía. O mejor dicho: antes había conocido de ella ciertos detalles. Justamente los más cercanos y quizá los más prosaicos.
Entusiasmada con lo que había descubierto decidió bajar hacia la ciudad nueva. Y en realidad lo que hizo, fue simplemente descender hacia su propia ciudad de siempre. Pero ahora llevaba en los ojos y en el corazón una visión distinta, una visión de plenitud y armonía totalizadora.
Al llegar a las primeras cunetas de la ciudad se reencontró con los
mismos detalles prosaicos de siempre: las baldosas sueltas y los zócalos
descascarados. Sólo que ahora los veía con ojos distintos, mientras se decía:
-¡Bah! Estos son sólo pequeños detalles molestos en una magnífica ciudad.
Y desde entonces, la ranita comenzó a ser feliz. Y como ella lo transmitía,
los demás comenzaron a ser felices a su lado. Lo que es la manera más auténtica
de ser felices.
Por Mamerto Menapache